Mi secretaria
- El empleo es suyo
Cerró la carpeta con un golpe seco, la dejó encima de la mesa y apoyó ambas manos sobre ella.
- De todos los candidatos usted ha sido el que mejor ha superado todas las pruebas. Creemos que el puesto de jefe de la sección de ventas le vendrá como anillo al dedo. Pero recuerde que en esta empresa somos un equipo. Las individualidades no están bien vistas porque...
Bla, bla, bla. Siempre el mismo cuento. Cada vez que entras a trabajar en una empresa te sueltan las mismas tonterías. ¿Tendrán alguna grabación debajo de la cama diciendo lo mismo todas las noches para aprendérselo de memoria?
El caso es que mientras el encargado de personal no dejaba de hablar, yo me sentía inmensamente contento. Aquel puesto era el más importante que había tenido que desempeñar hasta entonces. Era la primera vez que me asignaban un despacho propio y secretaria personal. Iba a tener a mis órdenes a toda una plantilla de empleados, y lo único que debía de hacer para ascender en la empresa era aumentar en un 10% el nivel de las ventas.
Pocos minutos después, me dirigía hacia lo que para mí era la culminación de una vida de estudios y malos tragos. Había tenido que renunciar a muchas cosas para estar allí. Había pasado por trabajos de mala muerte con el fin de conseguir experiencia y un curriculum. Pero al final lo había conseguido. Cuesta mucho entrar en el mundillo, pero una vez dentro, lo único que puedes hacer es seguir subiendo. Ni siquiera la historia que me habían contado sobre el señor Diez, mi antecesor en el cargo, podía ensombrecer mi ego en aquellos momentos. Según decían, a los pocos meses de estar trabajando allí, el estrés pudo con él. Un día no se presentó a trabajar, y en su lugar envió una nota diciendo que se iba a realizar un viaje por el mundo. Dejó su empleo, a su mujer y a sus tres hijos y nadie le había vuelto a ver.
Mi secretaria no estaba en su sitio. Tenía un pequeñísimo despacho a las puertas del mío, así que nadie podía pasar dentro sin que ella le diera permiso para hacerlo. Pero si no estaba allí, no podría cumplir ese encargo. No quería comenzar siendo duro con ella, pero le daría una pequeña regañina en cuanto pudiera. A los empleados hay que demostrarles la fuerza de carácter de uno. Tienes que causar respeto para que te respeten.
Mi despacho no era enorme, pero desde luego era mayor que cualquier otro sitio donde hubiera trabajado. Incluso era mayor que aquella habitación de mi anterior trabajo donde estábamos metidos siete personas durante todo el día. Miré por el ventanal. La vista era relajante y tranquilizadora. A lo lejos podía distinguir...
- Buenos días
Aquella voz me sobresaltó. Me volví para encontrar a una atractiva mujer de unos treinta años, alta, morena y con un rostro inquietante. Iba vestida con la corrección que aconsejaba la empresa. Una blusa blanca de manga larga, botones abrochados hasta el cuello, falda oscura por encima de las rodillas, medias negras y zapatos de tacón, aunque sin exagerar.
- Buenos días - respondí - Supongo que usted debe de ser...
- ... su secretaria. Mi nombre es Laura. Lamento no haber estado aquí cuando ha llegado usted, pero tenía que hacer unas copias. y mi fotocopiadora se ha estropeado.
La excusa era correcta. No me pareció oportuno reñirla tan pronto, así que opté por ser amable con ella.
- No se preocupe. En lo sucesivo le agradeceré que me avise cuando tenga que ausentarse de su puesto. No soy una persona exigente. Creo que seremos buenos amigos. - a los empleados siempre les gusta que les digan estas cosas - Lo único que deberemos de hacer es trabajar como un equipo.
Cuando me di cuenta de que estaba a punto de recitarle el rollo que me acababa de soltar el encargado de personal, sonreí levemente.
- Bien, señorita Alvarez...
- Laura, por favor.
- De acuerdo, Laura. Por favor, póngame al día.
Resultó ser una empleada muy eficaz. Cumplía todos mis encargos de manera rápida y eficiente. Se amoldó muy bien a mi forma de trabajar. Lo único que yo exijo a mis subordinados es que puedan leerme el pensamiento. Y ella casi lo conseguía muchas veces. Sabía exactamente cuando necesitaba una taza de café. Nunca repetía dos veces la misma excusa a la misma persona. Cuando tenía que quedarme a trabajar hasta tarde, casi siempre se quedaba conmigo para ayudarme. Se adelantaba a mis deseos cuando le pedía información, e incluso cuando no se la pedía. Parecía disfrutar con su empleo. Era correcta en su trabajo y en su forma de ser y de vestir. Nunca llevaba pantalones. Las faldas las prefería cortas. Las medias siempre negras, y los zapatos con un cierto tacón. Me pregunté como una mujer como ella no ascendía en la empresa. Me informé. Llevaba ya varios años trabajando allí, pero parecía estar un tanto gafada. Todos los jefes que le asignaban, al poco tiempo desaparecían, abandonaban la empresa o eran trasladados, así que no pasaba el tiempo suficiente con nadie que pudiera recomendarla para un ascenso.
Una noche, muy tarde, éramos ya las únicas personas trabajando en la empresa. Tenía una operación importante entre las manos y no podía dejarla pasar. Me encontraba cansado, pero al día siguiente tenía que presentar un informe y no podía permitirme el lujo de irme a casa. Como siempre, ella adivinó mis pensamientos y me trajo un café, muy caliente y con dos terrones de azúcar. Mientras lo tomaba noté un cierto sabor agridulce, pero lo achaqué a mi nerviosismo. Aparte de eso, estaba delicioso. A los pocos minutos me encontré cansado. Muy cansado. Terriblemente cansado. Apenas podía mantener los ojos abiertos. La visión se me nublaba por momentos, hasta que mi cabeza cayó sobre los papeles que abarrotaban mi mesa. Lo último que recuerdo fue la borrosa figura de mi secretaria mirándome fijamente desde la puerta del despacho.
Después, la oscuridad.
Cuando desperté estaba solo. Eran las siete de la mañana. Mi cabeza parecía una bombona de butano a punto de explotar y mi visión era un tanto borrosa. Como pude, revisé los papeles. El trabajo estaba ya muy adelantado. La noche anterior lo había dejado casi terminado antes de dormirme.
De dormirme. Sí. Eso fue. El cansancio había podido conmigo y me había dormido. Lo que no entendía era porqué no me había despertado Laura.
Pero eso ya no importaba. Tenía que terminar el informe para llevarlo a gerencia. Me apresuré a ello y en menos de un par de horas lo dejé en la mesa de Laura con una nota para que lo entregara en cuanto llegara. Ya más tranquilo, me senté en mi sillón y me permití el lujo de dar una pequeña cabezadita.
- Buenos días.
Tenía la maldita costumbre de sobresaltarme. Abrí los ojos y me incorporé sobre el sillón para que no se diera cuenta de que me había dormido.
- ¿Ha dormido bien? - Una amplia sonrisa de complicidad se dibujó en su rostro.
- ¿Porque no me despertó anoche?
- Comprobé que el informe ya estaba muy adelantado y no lo consideré necesario. Lleva muchos días trabajando en esto sin descansar, así que decidí dejarle dormir. ¿Hice mal?
Su voz sonaba como la de una niña pequeña cuando quiere ser perdonada por algo que ha hecho y que sabe que no está bien.
La verdad es que, habiendo terminado el trabajo, la cosa ya no tenía mayor importancia.
- No se preocupe, Laura. Ahora lo único que quiero es descansar un poco.
Me sentía enormemente cansado, como si en vez de dormir, me hubiera pasado la noche descargando camiones. Intenté desperezarme. No era algo que soliera hacer delante de mis subordinados, pero por algún motivo, no me importó hacerlo delante de ella. Una pequeña molestia en un costado me impidió hacerlo completamente a gusto. Toqué por allí y encontré un pequeño moretón, como si me hubiera golpeado. No era muy grande, pero dolía horrores. El golpe debió de ser muy fuerte, pero no recordaba haberme dado ninguno.
- Cerraré la puerta e intentaré no pasarle llamadas durante un par de horas. Si quiere echarse un rato en el sofá, le despertaré si viene alguien.
Se dirigió hacia la puerta con unos increíble e insinuantes movimientos de cadera. ¿Siempre se había movido así? Nunca antes me había dado cuenta. La miré de arriba a abajo. Vestía como siempre, elegantemente, con falda y medias negras. Sus piernas, envueltas en maravilloso nylon negro. ¡Dios mío! ¡Que piernas!. Y sus zapatos. Eran maravillosos. Negros, con un tacón de aguja más propio de una fiesta que de unas oficinas. ¿Porqué nunca antes me había fijado en aquellos zapatos? ¿Como había podido no haberme fijado en ella de aquella manera? Con cada movimiento de caderas que realizaba, una palabra se dibujaba en mi cerebro: fóllame, fóllame. Cada paso que daba, cada taconazo que sonaba en el suelo, me parecían los sonidos más maravillosos que pueden provenir del cuerpo de una mujer. Se detuvo en la puerta. Me miró. Sonrió enigmáticamente y la cerró.
Me quedé solo.
Solo con mis pensamientos.
Y en mis pensamientos solo estaba ella.
Me quedé solo con ella.
¿Que diablos me estaba ocurriendo?
Ella no era más que una subordinada. La empresa prohibía tajantemente las relaciones entre sus empleados.
Pero aquellos zapatos...
¿Zapatos? Yo nunca había sido un fetichista. Me gustaban las piernas de las mujeres, claro, y más aún cuando están envueltas en nylon. Pero de ello a lo que había sentido cuando miraba sus zapatos...
De todas las partes del cuerpo de una mujer los pies no eran mis preferidos a la hora de excitarme. Sin embargo, noté que mi pene estaba completamente dispuesto para la batalla. Lo había estado desde que miré sus zapatos.
Me acosté sobre el pequeño sofá que había en el despacho. Intenté dormir, pero no lo conseguí del todo. No podía quitarme aquellos maravillosos zapatos negros de la cabeza.
Medio adormilado, me encontré a mi mismo masturbándome mientras pensaba en ellos.
Me despertó el teléfono un par de horas después. Era Laura para decirme que el gerente quería verme para discutir mi informe. Todavía no había acabado de colgar el teléfono cuando ella entró en el despacho con una pequeña bolsa de aseo en sus manos.
- Aquí encontrará todo lo que necesita para afeitarse y acicalarse un poco. No puede ir a ver al gerente así. Tiene una pinta horrible.
Me miré a mi mismo y comprendí que tenía razón. Toda mi ropa estaba arrugada, e imaginé mi rostro dejando entrever la primera barba de la mañana.