El papá de Aldana

Aldana y yo fuimos amigas desde pequeñas, fuimos juntas al colegio primario y después cursamos la secundaria. Íbamos juntas a todos lados, conocíamos los secretos más íntimos de cada una, pero siempre pensé que esa sombra en sus ojos era algo que nunca me había contado y con el correr de los años comprobé que mi intuición no me había fallado. Aldana era la única hija de un matrimonio de clase alta y vivió una vida de lujo y felicidad hasta que a los ocho años su madre falleció en un accidente automovilístico. Nunca se le conoció otra mujer al padre de Aldana ni tampoco interés alguno por tenerla. No era el típico viudo triste y deprimido, pero jamás volvió a casarse. Aldana sintió la muerte de su madre y sufrió mucho el primer año de ausencia, pero luego, como es típico entre los niños de esa edad, logró superarlo y salir adelante.

Así crecí junto a ella, pasando la mayor parte de la semana en su casa, haciendo la tarea juntas, yéndonos de vacaciones con su padre, viviendo como hermanas. A medida que crecíamos compartíamos el mismo grupo de compañeros de club y frecuentando el mismo circulo social. Nos desarrollamos como dos chicas sanas y realmente bonitas. Las dos éramos morenas, de piel cetrina, Aldana de ojos color café y cabello castaño y yo de ojos negros, piel blanca y cabello color azabache. Teníamos esa clase de físico modelado que gustaba a todos, pechos firmes y piernas bien torneadas, no nos podíamos quejar de nada, éramos felices. Una noche, una de las tantas en las que me quedaba a dormir con ella, el padre de Aldana cenó con nosotras y avisó que no saldría, que se quedaría en la casa así que nos pidió que no subiéramos el volumen de la música como era nuestra costumbre, porque necesitaba descansar. Así fue como nos acostamos temprano, tratamos de hacer el menor ruido posible (difícil cuando se tienen 17 años y la sangre en plena ebullición) y nos quedamos dormidas rápidamente. En medio de la madrugada me desperté para bajar a tomar algo a la cocina y vi que la cama de Aldana estaba vacía, pero no me preocupé porque calcule que estaría en el baño o habría tenido la misma necesidad que yo, así que la encontraría en la cocina, tomando su bendito jugo de pomelo que tanto amaba.

Me dirigí a la escalera y cuando pasé por el cuarto de su padre, me llamó la atención una serie de suspiros poco habituales en esa parte de la casa, eran suspiros femeninos y yo sabía muy bien que Francisco no había llevado ninguna mujer a la casa. Me detuve frente a la puerta de su dormitorio y escuché como los suspiros se convertían en gemidos y no precisamente de dolor, sino que parecían ser de un placer extremo. Como la puerta estaba cerrada, pero mi curiosidad iba en aumento, decidí salir por la ventana del cuarto de servicio para poder espiar por los balcones que eran colindantes. Abrí las ventanas del balcón de servicio y pasé una pierna primero y después la otra al balcón del cuarto de Francisco. Las cortinas no estaban cerradas así que el panorama para ver era inmejorable. Como describir la sensación que tuve cuando vi en medio de la cama de Francisco a Aldana completamente desnuda, a merced de la boca y de los dedos de su padre??? Al principio me dieron ganas de salir corriendo, sentía un agujero en la boca del estómago, como un vacío de asco y de incomprensión y una parte de mí quería salir corriendo de esa casa y de la vida de ambos. Otra parte de mí, que hasta ese momento desconocía, me impulsaba a quedarme y a seguir viendo. Aldana, espléndida en su desnudez, estaba tendida en la cama de Francisco, con las piernas abiertas, con una mano empujaba la cabeza de su padre hacia su vagina y con la otra se apretaba su pecho izquierdo, con una fuerza increíble, lo estrujaba sin control y no cesaba de gemir. La boca de Francisco parecía querer comerse de un solo bocado esa preciosa concha que aparecía iluminada con la luz de la oscuridad, la saliva de él y los jugos impresionantes que Aldana despedía. La lengua de su padre se arrastraba de adelante hacia atrás, sin dejar centímetro sin mojar, esparciendo ese flujo espeso por todos lados sin descanso, mientras las caderas de Aldana se elevaban para que quedaran justo a la altura de la boca de su padre, esa boca que parecía un pulpo hambriento, desesperado por tragarla. -Un dedo... Dame un dedo. le escuché decir a mi amiga del alma. Sin más, Francisco colocó su dedo mayor dentro del agujerito de la concha, lo metió y lo sacó tres veces, lo humedeció completo y después de chuparlo se lo colocó en la boca a Aldana, que lo lamió en una forma sensual, mirando directamente a los ojos a su padre mientras lo hacía, saboreándose directamente de su fuente. La boca de Francisco absorbió los pechos de Aldana, su lengua lamió los pezones llenándolos de saliva para después morderlos y estirarlos hasta que quedaron erectos y rojos, se veían duros como pequeñas piedras rojas. -Papá, mámamelos- repetía Aldana, con un tono de voz grave, bajo, casi desconocido para mí. Así lo hizo él, como sí de los pechos de una madre se tratara se prendió a ellos, succionándolos como sí de ellos pudiera sacar leche, lamiéndolos desesperadamente. Por entre las piernas de Aldana podía ver la tremenda erección de Francisco, el tamaño de su pene, las dimensiones que había alcanzado y comencé a darme cuenta en ese instante de mi propia excitación, de la humedad que sentía entre mis piernas y de la dureza de mis propios pezones, pegando contra mi camisa de dormir. Francisco bajaba con su boca por el cuerpo de su hija con una maestría, con un conocimiento del terreno y de los deseos de ella que me dio la pauta de que esto no estaba sucediendo por primera vez. Volvió a su entrepierna para sobarla un poco más, para lamer algo más de todos esos jugos que expedía Aldana y para satisfacer los pedidos de su nena. -Muerde el clítoris, papi... Muérdemelo como vos sabes... Siiiiiiiii, quiero gozarte papi. Y allá fueron sus dientes, para hacerse cargo de ese botón rosadísimo que comenzó a crecer cuando los dedos de su papi lo movieron en círculos, se metieron dentro del agujerito para poder mojarlo, lo rodearon y después su boca lo estiró, sus labios lo sacaron hacia afuera, los sorbieron como si fuera el último bocado que esa boca probaría en años. -Eres tan rica, hijita, hummmmmmm, como me gusta tu sabor-. -Chúpamela más, papi... Más, más- suspiraba totalmente descontrolada Aldana. Y Francisco siguió un poquitito más hasta que levantando la cara, la miró a los ojos y le susurró: -Ahora papi te va a dar su pedacito, estas lista??-. -Siiiiiiiiiiii, quiero que me cojas, dámelo-. Y acto seguido, mientras Aldana abría los labios de esa concha que brillaba empapada, Francisco la penetró lenta, pero seguramente y su pene completo fue engullido por la vagina de su hija y comenzaron una danza de caderas y embestidas que me sacaban el aliento. Las manos de Aldana iban de sus pechos a la cabecera de la cama, asiéndose fuertemente de los barrotes cada vez que su padre empujaba más y más dentro de ella. -Lo quiero entero- decía Aldana, con la poca voz que le quedaba. -Lo tienes completo, ahora muévete nena, muévete. Gózalo!!! Asi!!!!!!!!!!-. Yo no podía más, estaba completamente excitada y muerta de envidia, quería ese pene dentro de mí, quería esas manos empujando mis caderas, estaba a mil, pero no podía dejar de mirar ni tampoco interrumpirlos. -Te gusta, verdad?- preguntaba su padre. -Si, me encanta papi!!! Quiero más!!! hacedme lo que sea, papi!!!-. Dicho esto, Francisco sacó su pene de la concha de Aldana y, aun duro y brillante, lo arrastró entre la abertura de la vagina y el culo de su hijita, que se retorcía de placer en la cama. Acto seguido, la puso de rodillas, dejando frente a sus ojos sus dos agujeritos, sus glúteos perfectamente formados, mientras que los pechos de Aldana se aplastaban contra las sábanas y sus manos se estiraban hacia su clítoris para seguir estimulándolo. -Pídemelo, pídemelo donde más te guste, mi nena bonita, le decía su papá-. -Dámelo por atrás, papá. Cógeme el culo papi!! Cómo tú quieres!!! Dámelo por atrás!!!-. Sin hacerse esperar, Francisco acercó su boca hasta el agujero del culo de su nena, lo lamió un poquitito, dejó caer un hilillo de saliva para que se deslizara lentamente y con sus manos comenzó a colocar la puntilla de su pene primero, probando la reacción de Aldana. -Hummmmmmmmmmmmm, más, más. No me dejes así, papá!!!-. Esto inflamó más los deseos de su padre y siguió metiéndole ese maravilloso e hinchado pene hasta que de un empujón lo enterró por completo entre las nalgas de mi amiga del alma.

Cuentos eroticos

28/04/2006 21:07

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